Germán, el campesino. Parte I

Estoy trabajando, pero es que aquí siempre hay mucho trabajo si no es de una cosa es de otra. Ahora corto la hierba del “prao” para que las vacas tengan algo que comer en invierno. Desde que se murió padre me toca cargar con todo lo que hacía él, y no me quejo, es mi labor y dios lo ha querido así. Madre también hace lo suyo y entre los dos salimos adelante como gente de bien. Tengo que coger la guadaña y cortar la hierba. Ya tengo "pillado" el movimiento, yo creo que es casi como bailar pero la música la pongo yo, pero no es lo mismo porque aquí lo hago sólo y no hay cuidado de pisar a nadie. La verdad es que, si de algo me podría quejar, es de lo solo que estoy en el campo y luego en el baile tampoco bailo con nadie, porque me da vergüenza pedir bailar a las mozas. Me como los palmos de tierra con mi vaivén y luego con el rastrillo acumulo la hierba en montículos que cubro con plásticos y piedras de pizarra para que aguante hasta el invierno. La guadaña es la de mi abuelo, debe tener más de 80 años y corta muy bien, todas las mañanas la pico con cuidado y tiene una hoja muy fina de afilarla tanto y del uso. Y es que podría cortar un pelo en el aire. Me imagino que bailo una de esas músicas que tocan las bandas que vienen al pueblo en fiesta y yo con la guadaña llevo el ritmo. Tan, tan, ta-chan, tan, tan ta-chan. En uno de estos vaivenes, no me doy cuenta y la cuchilla de la guadaña choca con una piedra, la hoja se parte en dos y un trozo de hierro vuela como una golondrina hasta mi pierna. Es bonito ver como se desplaza en el aire, pero el trozo de hoja se ha clavado en mi muslo.

(continúa Aquí)

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