El Momento de España - Miguel de Unamuno

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Miguel de Unamuno es el paradigma del intelectual comprometido de la España de los años treinta que no encuentra su sitio. Vehemente, se enfrentó a la dictadura de Primo de Rivera, contra la República y poco después de haber aportado 5000 pts. para la financiación rebelde del Golpe de Estado, contra el regimen de Franco en la famoso enfrentamiento con Millan-Stray el 12 de octubre de 1936.



En esta entrevista de 1933, perteneciente a al Libro El Momento de España, pronuncia muchas frases que podrían ser calificadas de proféticas.











MIGUEL DE UNAMUNO
No creo posible una restauración mo-

nárquica, que no resolvería nada;

pero, además, en España no hay sen-

timientos republicanos ni monárqui-

cos. ¿ Se podría saber qué es eso de

República aquí?


Una conversación con el Sr. Unamuno es para el periodista un honor que el eminente catedrático no suele prodigar. Don Miguel me ha confesado hoy que acostumbra a recibir en la puerta a los corresponsales de la Prensa extranjera, que a menudo le asedian con preguntas inoportunas.



Claro es que, al solicitar esta interviú, yo sabía todo esto: sabía que el insigne maestro tiene siempre el justificado recelo de que sus palabras no se interpreten bien y la aversión a sujetarse a los interrogatorios impertinentes.



Y me había prometido a mí mismo limitarme a escucharle con la máxima atención y retener lo mejor que pudiese sus sorprendentes paradojas...



¡Ah! Pero yo no he visitado a D. Miguel de Unamuno para registrar con morboso regocijo sus discrepancias con los hombres de la Revolución, sino para oír con el recogimiento del alumno que quisiera ser aventajado la voz d'el pensador que, al hablar de las problemas actuales de España, enjuicia, define, interpreta y sugiere.



Y el primero que toca es el religioso, para declarar que sus mayores preocupaciones fueron siempre estas cuestiones: él es religioso por inclinación natural de ánimo, por temperamento.

—Al hablar del sentimiento religioso en España --me dice habría que preguntar antes qué se entiende por sentimiento religioso. No pueden saberlo los que confunden la religión con un substitutivo de la Guardia civil, ni aquellos que, como D. Melquiades Alvarez, la califican de freno de las pasiones. Esto último, según en qué sentido, y, en todo caso, para las pasiones del vulgo, que sólo sabe contenerse con el temor. Hay, si, un freno para las pasiones, pero no en ese sentido, y es que cuando se le da a la vida una finalidad trascendente hay una porción de pasiones que se doman por eso, pero no por temor ni por amor.



El problema religioso tiene también un aspecto económico, que en una de sus fases es el de la enseñanza. En primer lugar, se cumple en éste como en tantos otros casos la ley de Malthus. El exceso de población ha traído el incremento de religiosos profesos, y prueba de ello es que en las épocas en que la emigración aumenta disminuyen las profesiones, lo mismo que con la extensión dé las carreras cortas se reduce el contingente de seminaristas.



Pero luego ocurre algo más en este orden, y es la aplicación de los religiosos a las funciones pedagógicas. El pedagogo fué siempre un esclavo desde los tiempos de la decadencia romana. Y el fraile, en la época moderna, ha venido a llenar la misión de aquellos pedagogos. Generalmente, no enseñan nada, pero vigilan todo el día a los chicos, les toman las lecciones, o hacen que se las tornan..., y todo por muy poco dinero. Un catedrático de Instituto, obligado a ocupar todo el día en la enseñanza, costaría él solo tanto como un convento.



Y además, esta substitución es un peligro. El Estado, para competir con la enseñanza de los religiosos, que, a su vez, han ido perfeccionando sus establecimientos, tendría en esa competencia un estímulo para mejorar la que se da en los suvos. El Estado, como dispone de más medios, puede hacerlo mejor. pero necesita de esta competencia...



Habría que mantenerla hasta para estímulo de la Iglesia (y el Sr. Unamuno, saltando de improviso de una a otra materia, sostiene que el Estado español no estuvo nunca influido por la Iglesia, sino, al contrario, que fué la iglesia romana la sometida a los caprichos del Estado español), habría que mantenerla porque, con ese estímulo, los religiosos habrían tenido que enseñar mejor.



Y aquí el ex rector de Salamanca me refiere una anécdota de sus tiempos de rectorado. Y es que una vez se le quejó el Obispo de aquella diócesis de que algunos maestros no querían enseñar el catecismo en las escuelas. "Y yo le dije—prosigue--: pues que lo enseñen los curas, que tienen el deber y el derecho de enseñarlo"; pero no querían: les resultaba rne. cómodo culpar a los maestros de negligentes. "Además--dije al Obispo—, esto va a tener una consecuencia, y es que cuando los curas vayan a enseriar el Catecismo lo aprenderán ellos, que buena falta les hace..."



En otro inciso, D. Miguel me dice: "En España no hay sentimientos republicanos ni monárquicos. ¿Se podría saber qué es eso de República aquí? Cuando vino la República, los mismos que se pusieron en primera fila se preguntaron: "¿Y esto qué es? ¿Y ahora, qué hacernos con esto?" Y como no habían hecho una Revolución, tuvieron que provocarla, sin lograr hacerla, porque una Revolución tiene que salir de dentro; y mientras, hicieron una Constitución. ¿Qué es esto, pues : una Constitución revolucionaria o una revolución constitucional ? Mientras están provocando la Revolución, hacen una Constitución para poner diques, dictar normas jurídicas y señalar encauzamientos a la Revolución, para tener luego cine saltar por encima de esos obstáculos...

No---dice a continuación el Sr. Unarnuno--, no han sabido darse cuenta del estado del país. Lo mismo les pasa a los que todo lo subordinan al cambio de régimen: otro cambio ahora, ¿ para qué? Cada uno interpreta la opinión a su manera.



Y otro tanto acontece a los socialistas con sus masas. Esa gente de Extremadura y de Andalucía no sabe prácticamente qué es lo que quiere : se advierte que lo que apetece es estar mejor o, acaso, satisfacer ciertas pasiones. No quiere el régimen colectivista. Desea reparto de riqueza, no precisamente de propiedad. Tienen esos campesinos un sentido bastante claro de que si labran la tierra por su cuenta no obtendrán el jornal que les da el empresario, porque, sobre la técnica del campo hay una cuestión mercantil y otra industrial.

Y hay luego algo que no es de Economía Política, sino de Economía natural, y es la diferencia de calidad de las tierras. El problema que resolvió el Cid llevándose a Valencia a los labradores de la meseta castellana: ¿A echar a los moros de allí? No, a trabajar aquellas tierras, que eran mejores que las suyas...



... Y, además, pasará esto: que al arruinarse el terrateniente, el Estado tendrá que asumir el papel del capitalista, y entonces el intermediario, el rentero o el colono, será el funcionario, que es lo que sucede en Italia, lo que acontece en Rusia : esto es, la política de funcionarios, con lo cual la nuestra no será una República de trabajadores, sino una República de funcionarios de todas clases...



... "¿Qué partidos se señalan aquí?", me decía un extranjero, poco después del advenimiento de la República. "Pues, mire usted, le contesté: se señalan dos partidos, el de los funcionarios y el de los parados : el de los ocupantes y el de los aspirantes."

Una espontánea alusión mía al problema de la cultura da pie al maestro para estas apreciaciones personalísimas:



—El mal que ahora aqueja a la humanidad es el cansancio. Hay necesidad de paz, de reposo. La gente no tiene tiempo de consumir todas esas producciones de tipo Ford, no tiene tiempo de consumir ' Ideas; se ve obligada a tragarlas, pero no las digiere, y enferma. Vamos a una nueva Edad Media en todos los aspectos : en el económico, en el de la Cultura : hay que simplificar la vida, hay que reducir todo a una producción más modesta en el comer, en el vestirse, hasta en el pensar. No hay tiempo...



La joven generación, por fenómenos de herencia, es de una terrible excitabilidad ; ha nacido cansada, como que ha sido engendrada en los años de la guerra. Para ella la vida está vacía de finalidad, busca excitantes y sueña con imposibles heroísmos.

Y otra digresión sobre las apreciaciones superficiales lleva al maestro a esta reflexión a propósito de los socialistas:



—Las mayorías, cuanto más compactas, son menos conscientes. Y nuestros socialistas no pueden llamarse marxistas. Carlos Marx, el que dijo: "Proletarios de todos los países, uníos", no puede ser apóstol de nuestros socialistas, a cuyos dirigentes hemo,, oído negar que ellos profesen el ideal de la lucha de clases. Lo cual, tanto puede querer decir que no creen que esa lucha .de clases es la salida del actual estado económicosocial, cuanto que no quieren esa lucha. sino la enuiparacién de clases, si es que esto puede tener solución, porque la Historia es una revolución permanente, y en cuanto se resolviera, se habría acabado.



Ahora los socialistas empiezan a darse cuenta de la verdadera situación. Se engañaron cuando creían, porque estaban un poco mejor organizados que las demás fuerzas políticas, que ellos contaban con grandes masas.



Ahora ven que una gran parte de la masa con que creían contar está realmente contra ellos. Y temen que, en las circunstancias actuales, unas elecciones generales significarían para ellos la pérdida de muchos puestos en el Parlamento. Pero, además, los votos femeninos con que creían contar como un refuerzo que serán adversos, no porque estén sometidos a la Iglesia, sino porque la mujer, más que clerical, es conservadora: tiene un concepto más justo que el hombre de la continuidad, de la tradición, pero no en el sentido clerical, sino en el de la costumbre, y una aversión innata a la violencia. Todas las mujeres tienen algo de Santa Teresa : no las maneja el confesor; son ellas las que manejan a sus confesores.



Y ahora, ¿qué sucederá aquí?, dice D. Miguel. Y yo, para terminar en su obsequio una conversación que, por mi gusto, no interrumpiría, elijo como final de la interviú el vaticinio con que el maestro va a contestar a su propia pregunta.



—Puede suceder—concluye—algo parecido a lo que ocurrió en Portugal. (No creo posible una restauración monárquica ; no serviría para nada ; no resolvería nada en ningún sentido.) El cambio significará sólo una vuelta a la derecha, un nuevo ritmo, es decir, un poco al estilo de lo que muchos llaman fascismo. El pueblo irá digiriendo las reformas, pero no por ello habrá terminado la revolución...



El Momento de España (pág. 19)

El Momento de España (pág. 20)

El Momento de España (pág. 21)

El Momento de España (pág. 22)

El Momento de España (pág. 23)

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El Momento de España - Gregorio Marañón

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El primer entrevistado de Enrique Mariné es el Doctor Marañón. Se deduce de la entrevista que ésta se debió de realizar sobre mayo-junio de 1933. Resalto algunos datos de la amplia biografía de Gregorio Marañón disponible en la Wikipedia:

1922: Viaja a Las Hurdes (Extremadura) acompañando a Alfonso XIII en su célebre viaje.

1924: Elegido presidente del Ateneo de Madrid.
1931: Tras la caída de la Dictadura, Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala firman un manifiesto con el título de "Agrupación al Servicio de la República", a la que luego se incorporaría Antonio Machado.
El 14 de abril se celebra en casa de Marañón la histórica reunión entre Niceto Alcalá Zamora y el Conde de Romanones donde se decidió la salida de Alfonso XIII al exilio y la proclamación de la República.
En junio es elegido diputado a las Cortes Constituyentes.
Protesta públicamente contra la quema de conventos.
    1933: Co-fundador el 11 de febrero de 1933 de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, creada en unos tiempos en que la derecha sostenía un tono condenatorio a los relatos sobre las conquistas y los problemas del socialismo en la URSS.
    1936: Elegido miembro de la Real Academia de la Historia. Comenzada la Guerra Civil y aterrado -al igual que sus antiguos compañeros de la Asociación al Servicio de la República, J. Ortega y Gasset y R. Pérez de Ayala- ante las matanzas que se suceden en el Madrid del Frente Popular, consiguió huir de Madrid a finales de 1936, bajo pretextos inventados y no sin graves dificultades. Pasó entonces a residir en Francia, desde donde hizo repetidas y graves acusaciones contra los sucesivos Gobiernos del Frente Popular, acusaciones que repitió de palabra y por escrito en el curso de varios viajes a Suramérica.
      1942: Obtiene el permiso para regresar a Madrid, donde establece su consulta privada.

      1944: Se reincorpora a su trabajo en el Hospital Provincial de Madrid (hoy Hospital General Universitario Gregorio Marañón).




      GREGORIO MARAÑÓN

      La República española es un fenó-
      meno inevitable en el proceso de la
      política. Hoy nadie sabe cuál es el
      estado de la opinión ante las futuras
      elecciones generales. El que más ame
      la paz de España será el Gobierne
      que deje opinar sin coacción a la
      opinión pública, como lo hicieron el úl-
      timo Gobierno de la Monarquía y el
      actual de Azaña.

      Acaba de cumplirse el segundo aniversario de la proclamación de la República. Sabido es que   en aquella fecha histórica el insigne doctor Marañón aceptó un difícil papel en el acto de la transmisión de poderes. En su presencia se extinguió un régimen y surgió el que todavía subsiste.
      Y al concebir la idea de este reportaje, publicado en momento de honda preocupación para todos los españoles, el informador ha creído, recordando los orígenes de la República española, que nadie tenía mejores títulos que D. Gregorio Marañón para encabezar la serie de impresiones que os ofrece.
      El sabio doctor ha acogido con simpatía la idea de esta colección, y sin que se advierta en sus palabras la menor reserva mental va contestando a mi interrogatorio. Era natural que yo inquiriese en primer término su parecer acerca de la obra realizada en estos dos primeros años de la República.

      —¿Cuáles son a su juicio los mayores aciertos de los gobernantes republicanos y cuáles sus desaciertos?
      —Mi punto de vista sobre la vida política de los pueblos se basa en un principio estoico, que en mí no tiene nada de aprendido, sino de sentimiento natural. Creo, como en la luz del sol, que las transformaciones de los pueblos son siempre fenómenos naturales, espontáneos, productos de la madurez de unas fuerzas y de la descomposición de otras, y que los hombres cumplimos en ellos un papel pasivo y, a lo sumo, regulador de los acontecimientos. Los personajes principales se llegan a creer autores de la realidad, y el público los aplaude o los denosta corno a tales, del mismo modo que el gran cómico se figura que es, en verdad, César o Yago, y el espectador le ensalza o le odia como si realmente lo fuese.
      Pero el responsable verdadero, el genio de la Historia, está entre bastidores sonriendo de la farsa.
      La República española es un fenómeno inevitable en el proceso de la política nacional. La Monarquía histórica terminó cuando cesé la actitud imperialista de España en los comienzos del siglo xix, al desvanecerse nuestro poderío colonial. Los reinados de Fernando VII y de Isabel II fueron, a pesar de su longitud, mera interinidad. Más interino aún fué el de Alfonso XII, impuesto por un simple accidente----el orden público--; y lo mismo la Regencia, que vió consumarse el fin de nuestra política colonial. Bajo Alfonso XIII se preparó lentamente, al compás de la transformación de las ideas sociales y económicas del mundo, el advenimiento de la actual revolución. Todo lo ocurrido en este reinado tiene ese sentido profundo: la paralización progresiva del sistema político, la aparición de la personalidad profética de Pablo Iglesias, plasmador del socialismo español; el movimiento intelectual, iniciado el 98--cripstica implacable y reación de un sentido cultural de la vida española--; el nacimiento y el auge callado, pero de hondísima eficacia espiritual, de la Institución Libre de Enseñanza; y, finalmente, el viraje súbito hacia la derecha del propio monarca al llegar a sus cuarentas años (la edad crítica de casi todos les Borbones). El 13 de septiembre de 1923, la propia Monarquía consumó su suicidio, a pesar de la advertencia de su hombre más significado y respetado, don Antonio Maura. La República era la consecuencia inmediata e inevitable de aquella Dictadura.
      De aquí el error de juzgar a los hombres que gobiernan a la República como si fueran artífices
      libres y responsables de la vida española: hacen lo que tienen que hacer, lo que el Destino les manda que hagan. Más necio es aún comparar lo que ocurre bajo la República con lo que pasaba antes y con lo que hipotéticamente podrá pasar después, que es como comparar la madurez con la juventud pasada o con la vejez futura.

      Los hombres actuales de la República son, ante todo, buenos e inteligentes. Algunos—por ejemplo, Azaña—dotados copiosamente de altas y raras virtudes políticas. Para convencerse de ello no hay más que imaginar que vuelvan a estar en la oposición frente a un Gobierno formado por sus enemigos de ahora.
      Su mayor acierto es la lealtad y el desinterés con que cumplen su misión histórica. El mayor acierto en la vida pública es siempre la conducta. España es tan otra de como hace dos años, que si lo antiguo volviera no podría cambiar sino detalles del presente. Así ha ocurrido siempre con las revoluciones. Los antirrevolucionarios se asustan de ellas y las vituperan. Pero cuando al fin les suena otra vez la hora de la dirección, viven, por muy conservadores que sean, de la substancia revolucionaria.
      ¿Y cuáles son sus desaciertos? Los desaciertos de los hombres públicos se juzgan con un criterio individual y, por lo tanto, tienen un simple valor de circunstancias: nunca se sabe si el tiempo los sancionará como tales errores o, como tantas veces ha ocurrido en la Historia, lo que a unos hombres nos parece error será acierto en el porvenir. A mí—pero yo no soy la Historia—me parecen mal algunas cosas que ha hecho, o que ha dejado de hacer, el Gobierno de la República. Mas estoy seguro de que a ellos mismos les parece también mal parte de su obra, que no es la que soñaron, sino la que la realidad les obligó a realizar. Esta es la miseria de todos los Gobiernos existentes, y más en tiempos agitados. El espectador no cuenta nunca con las circunstancias; habla en teoría pura, sobre todo el espectador español, habituado a gritar al torero: "¡Sinvergüenza, pásalo con la derecha, o con la izquierda, sin contar, naturalmente, desde su tendido, con el toro.
      De todos modos, para mí el error más difícil de disculpar, o de explicar, de este Gobierno es no haber acertado con el método preciso, exacto y eficaz—si es que lo hay—para mantener ese orden necesario para dar un tono firme á la revolución. No puede negarse que su voluntad es lograrlo; tanto, que a veces se ha excedido en su deseo. Pero esto sólo indica insuficiencia de técnica. Con un orden dentro de la libertad (acaso esto sea una descomunal utopía) España sería hoy un paraíso.

      —¿Cree usted—pregunto ahora—que hubiera convenido a la República otra orientación desde el primer momento y, en el supuesto de la conveniencia de esa orientación, que habría podido evitarse el acentuado matiz socialista de sus primeros Gobiernos?
      —Creo que el matiz 'socialista del Gobierno actual es inevitable, y me parece pueril el discutirlo. El partido socialista es la única fuerza organizada, fuerte y de sentido universal que hay en España. ¿Cómo no va a imponer su sello en la política? Mejor que lamentarlo hubiera sido crear a su lado, o frente a él, otros partidos antimarxistas fuertes.
      —¿Cree usted que se impone, no obstante, el cambio hacia la derecha? ¿Habría peligro en un cambio por la posible actitud de violencia de los obreros?
      —Yo creo que se acerca un cambio gradual hacia la derecha, y ocurrirá en cuanto la derecha adquiera un sentido flexible y moderno de que hasta ahora carecía. Y esto sólo sería bastante para justificar la revolución. No participo de los temores que algunos sienten respecto a que, llegado ese momento y que el partido socialista y los demás de extrema izquierda perturben la vida del país. Lucharán, como es natural, y desde luego con ahinco, y acaso entonces se haga a su actuación en el Poder la justicia que hoy se les regatea. Pero son, ante todo, partidos constructivos y colaborarán en la gestión de la nueva España, que no puede ser obra exclusiva de las izquierdas, sino también, y en gran medida, de las derechas,

      —Hablemos ahora de los desaciertos de las derechas.
      —Las derechas han tenido sin duda sus equivocaciones, pero las juzgo con el mismo criterio de profunda razón histórica que todo lo demás. Han tenido a España en sus manos todo el tiempo que han querido. Han dejado escapar el Poder, ¿cabe más desacierto? Pero ha sido el Destino el que les ha abierto las manos para que se les fuesen las riendas. Si pudiera señalárseles una falta directamente ligada a su contextura y, por lo tanto, revocable, sería la de creer demasiado en los fantasmas, lo cual encubre, en el fondo, su vanidad y su incapacidad de contrición. Ahora achacan lo que les ha ocurrido a los judíos, a los masones, a varias fuerzas secretas y misteriosas más ; son raros entre los hombres derechistas (y por ello doblemente dignos de consideración) los que proclaman que esos judíos y masones se llaman en realidad egoísmo, falta de caridad suficiente y verdadera, incomprensión, esnobismo, vanidad. Cosa extraña : los que mejor se dan cuenta de esto tan importante para el futuro de la actuación derechista en España son, entre los que yo conozco, algunos curas y religiosos.
      Calla el doctor Marañón, y yo aprovecho esa pausa para preguntarle:

      —¿Cuál podría ser el Gobierno futuro que garantizase la paz de los espíritus y el desenvolvimiento económico y cultural de España?
      —Ese hipotético Gobierno todavía no existe. España, por muchos años, y sea en buen hora, tiene que estar dividida en bandos, y sólo así se creará su conciencia política. Por lo tanto, sólo un Gobierno de ángeles podría contentar hoy a todos los españoles. Y, naturalmente, los ángeles, que no se cuidan de las cotizaciones de la Bolsa, no querrían encargarse del arreglo de esta situación, influida, ante todo, por conflictos de intereses materiales. Pero es notorio, creo yo, que un Gobierno de concentración republicana, moderadamente izquierdista, bajo la autoridad de un hombre enérgico, podría ser extraordinariamente útil a la España de ahora. ¡ Quién sabe ! Un día se reunieron, al acabar la guerra, los hombres mejor dotados de todo el universo para arreglar el mundo, e hicieron un tratado de paz tan malo, tan torpe, como lo hubieran concebido los porteros de sus casas respectivas (y hablo de mis amigos los porteros un médico es amigo de todos ellos—sin otro sentido ejemplar que el suponerlos legos en política). Y, a lo mejor, un cualquiera, salido de la nada, acierta con el camino verdadero.

      No nos preocupemos demasiado de los actores y confiemos en el AUTOR.

      — ¿Cuál es, a su parecer, el verdadero estado de la opinión ante las elecciones?
      — Nadie sabe cuál es el estado de la opinión española ante unas futuras elecciones. Desde luego, es evidente un auge de las derechas con relación a la Cámara actual. Pero es difícil colegir en qué medida. Romanones, que era el que más sabía de estos temas en el régimen antiguo, se equivocó el 12 de abril de 1931 de la mejor buena fe. Y ahora los peligros de error son aún mucho  mayores.
      De todos modos, la situación política de España necesita pronto pasar por ese trance. Esto sí  que contribuirá a la paz. Y el que más ame la paz de España será el Gobierno que deje opinar sin coacción a la opinión pública como lo hizo el último Gobierno de la Monarquía, y, recientemente, el que preside Azaña.
      La conversación se prolonga aún. No se cansa el reportero de escuchar la persuasiva palabra  del complaciente interlocutor, ni tampoco él insinúa el deseo de terminar sus confesiones.
      La última parte de ellas está dedicada a esboza sus juicios respecto al problema religioso, a la situarción económica y a la labor cultural.
      He aquí sintetizadas esas manifestaciones:
      —Yo tengo una idea optimista respecto a la cuestión religiosa. Creo que en España no hay espíritu antirreligioso, sino sólo reacción, un tanto chabacana y a veces brutal, contra manifestaciones indiscretas y, a veces, también chabacanas y brutales que las derecha  hicieron de su poderío. Pero todo se equilibrará. A los católicos les convenía una breve calle de la Amargura, harto breve en el fondo. De las normas de la Constitución, a mí, por mi actitud liberal, no me parece bien la disolución de los jesuitas y la supresión de la libertad de enseñanza. Lo demás era inevitable, y así lo reconocen los mismos católicos sensatos.
      El problema de la economía y el del campo no se arreglarán mientras el mundo no adquiera un nuevo equilibrio económico. Los ensueños de arreglar con una ley la obra ingente, aunque imperfecta, de la tradición, quedarán, en parte, en tales ensueños.
      Y, a su vez, los más partidarios del régimen capitalista tienen que reconocer que su  organización tenia modalidades monstruosas, que sólo se reformarán en el dolor, el yunque eterno en que se forja el progreso y la perfección humanos.

      Hay, pues, que esperar.
      Respecto al problema de la cultura, la República ha hecho en dos años una labor gigantesca, que sólo los que vivimos en los medios pedagógicos podemos apreciar. Los que vengan después sólo tendrán que seguir y perfeccionar d mismo camino.
      Y este acierto, para mí, resume a todos los demás,porque España en el porvenir será por encima de todo un centro de cultura, uno de los factores de la civilización futura. Yo estoy cierto de que lo será, y  de que así se hará respetable en el porvenir la mes moña de este presente que estamos viviendo, unos con tanto susto y otros con tanta ilusión.
      Y terminada mi misión de diputado, aquí termina también, y espero que por muchos años, mi derecho a hablar de cosas concretas de política ; o mi deber de contestarlas cuando me las preguntan.



      El Momento de España (pág. 9)
      El Momento de España (pág. 10)
      El Momento de España (pág. 11)
      El Momento de España (pág. 12)
      El Momento de España (pág. 13)
      El Momento de España (pág. 14)

      El Momento de España (pág. 15)
      El Momento de España (pág. 16)
      El Momento de España (pág. 17)
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      El Momento de España - A manera de prólogo.

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      Prólogo del libro El Momento de España, del periodista Enrique Mariné de 1933.




      A MANERA DE PRÓLOGO


      El promotor de este libro, que en este momento crítico siente, como todo español, una intensa preocupación por la suerte de nuestra patria, reconoce que no tiene autoridad alguna para discurrir sobre este asunto en público, ni siquiera en el café, donde siempre se habló tanto de política.
      Pero ha pensado que seguramente hallarán eco en la opinión los plareceres de los hombres más sobresalientes en este aspecto de la vida nacional, y que son, sin disputa, quienes con más derecho y más libremente pueden exponer sus juicios y sus pronósticos acerca de los asuntos públicos.
      A todos nos agrada a menudo hablar de las enfermedades propias y ajenas, y de sus causas y sus remedios; pero son los médicos quienes con más garantías de acierto pueden determinar el carácter y prescribir el tratamiento de las dolencias cuyo diagnosis estudiaron en los libros y en las clínicas, aunque ellos mismos las acentúen o las provoquen algunas veces, sin querer.

      Y así pensando, el coleccionador de esta serie de interviús, cuyas primicias tiene hoy el gusto de ofrece al público, se ha acercado en el transcurso de estos últimos días a los políticos y pensadores que, en su sentir, podían traducir mejor los anhelos de los más densos núcleos nacionales. De estos hombres, unos lograron, por legítimo merecimiento, un puesto en las
      Cortes Constituyentes; los otros, con análogos títulos, no han obtenido en esta ocasión el derecho de sentarse en los escaños del Congreso, pero conservan fuera autoridad y prestigio entre las masas.
      Los lectores advertirán, sin duda, algunas omisión en la lista de estas personalidades. No son deliberadas ni voluntarias.
      El informador hubiera querido que, entre las opiniones recogidas, y como una de las primeras, figurasen las de aquellas autoridades que más han contribuido con su verbo y con su pluma a formar la conciencia republicana del país. Entre estos hombres están los Sres. Ortega y Casset y Sánchez Román.
      El profundo filósofo ha rehusado cortésmente el compromiso con palabras de gran consideración para el repórter: "Desde hace más de un año---ha agregado no me permito la más mínima apreciación politira. Recientemente lo hacía constar así en una carta a los periódicos, rectificando una supuesta opinión mía sobre la obstrucción, que había corrido por el Parlamento. ¡Y ahora me pide usted que opine nada menos que sobre toda la situación política y su inmediato porvenir! Como usted ve, esto es completamente imposible,"
      El gran jurisconsulto se ha expresado en parecidos términos: no quiere hablar ahora más que en las Cortes.
      Falta también aquí la opinión del Sr. Azaña, que no me ha sido negada ciertamente, pero sí diferida, a causa de las ocupaciones y preocupaciones de su cargo. Aguardándola más corría yo el riesgo de que pasara la oportunidad de este libro. Además, en este caso, tal vez era mucho pedir a quien ha definido el nuevo estilo político de que se ufana como anhelo de "impersonalización", un nuevo espíritu que significa "proscripción de los tópicos, horror a los tópicos..."
      Otros políticos y pensadores españoles de positivo valer y más escuchados cada día hubieran podido desfilar por las pá.ginas de este volumen, pero me asaltó el temor de que el desfile pareciese un prurito combativo contra el Gobierno o el régimen, cuando sólo pretendía yo ofrecer el contraste de pareceres con un fin de divulgación y como base para la historia del momento actual.
      Algo más he de hacer constar, para que en el orden con que aparecen impresas 'las interviús nadie, ni las mismas personalidades que me honraron confiándome sus declaraciones, y a quienes quiero reiterar aquí públicamente el testimonio de mi gratitud,
      puedan ver preferencia o desestimación alguna. Para adelantarme a esa suspicacia habría yo adoptado el orden alfabético, si hubiese sido posible; pero la necesidad de ganar tiempo nos ha obligado al editor y a mi a disponer la composición y ajuste del texto a medida que yo iba obteniendo las interviús. Y en eso sí que, tratándose de políticos y parlamentarios, no cabía proceder con método alguno, sino acechar para aprovecharlos en los reportajes los minutos que a cada cual dejaban libres los afanes de la profesión en la brevedad de la semana parlamentaria. Porque el político actual ha de salir forzosamente de Madrid los viernes por la noche, para no regresar hasta el martes por la mañana. Nunca viajaron tanto los diputados y los ministros; nunca fué tan frecuente como ahora su contacto con la opinión de las provincias.
      Y hechas estas aclaraciones, el informador se retirapara que hablen sólo los que pueden y deben opinar: los pensadores, los jefes de las agrupaciones, de las minorías o los partidos, los representantes de las fuerzas políticas y de los centros oficiales...
      El repórter no es nadie. No le ha sido dada la facultad de discurrir sobre las razones de las cosas, ni siquiera la de aventurar conjeturas. La independencia de los juicios es, en definitiva, una manifestación suntuaria.


      El Momento de España (pág. 6)

      El Momento de España (pág.6)

      El Momento de España (pág. 7)

      El Momento de España (pág.8)

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      El Momento de España. Un libro de Enrique Mariné de 1933. (Introducción)

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      El Momentode España (portada) En los próximos días publicaré íntegro este libro.  El Momento de España, visto por Alba, Alvárez (Melquiades), Besteiro, Calvo Sotelo, Carabias, Castrilllo, Companys, Domingo (Marcelino), Feced, Franchy Roca, Gil Robles, Goicochea, Hidalgo (Diego), Largo Caballero, Lerroux, Marañón, Martínez de Velasco, Nin, Ossorio y Gallardo, Pildain, De los Ríos, Conde de Romanones, Unamuno, Vallina, Ventosa.


      Recopila las entrevistas a las figuras políticas más importantes de 1933, en un momento de España, que tiene a Manuel Azaña de Presidente de Gobierno y Niceto Alcalá-Zamora, de Presidente de la República, a punto de finalizar su mandato, y en vísperas de la convocatortia de elecciones de 19 de noviembre de 1933, y que ganó la Confederción de Derechas Autónomas (CEDA)



      Creo que se trata de un documento excepcional que fija una fotografía de un momento polítco único en la historia de España del que se puede extrapolar innumerables conclusiones.



      Sobre el Autor:
      Poco he podido averiguar de Enrique Mariné, Redactor Jefe del Diario ABC y secretario de la Asociación de la Prensa Española en 1935.


      El índice de esta obra es el siguiente:
                                                                                                 Págs.                

      A manera de prólogo......................................................................
      5
      Gregorio Marañón..........................................................................
      9
      Miguel de Unamuno.......................................................................
      19
      Angel Ossorio y Gallardo..................................................................
      27
      Alejandro Lerroux..........................................................................
      35
      Julián Besteiro  .............................................................................
      43
      Conde de Romanones....................................................................
      49
      Santiago Alba ..............................................................................
      55
      Francisco Largo Caballero................................................................
      63
      Antonio Goicoechea  ......................................................................
      71
      Fernando de los Ríos......................................................................
      77
      Juan Castrillo................................................................................
      83
      José Martínez de Velasco ...............................................................
      89
      José Franchy Roca .......................................................................
      99
      José María Gil Robles......................................................................
      105
      Luis Companys ............................................................................
      109
      Antonio Pildain...............................................................................
      119
      Andrés Nin...................................................................................
      125
      José Calvo Sotelo .........................................................................
      133
      Julio Carabias ...............................................................................
      139
      Pedro Vallina ................................................................................
      147
      Ramón Feced...............................................................................
      157
      Diego Hidalgo ...............................................................................
      165
      Melquiades Álvarez........................................................................
      173
      Juan Ventosa ..............................................................................
      183
      Marcelino Domingo........................................................................
      187


      El Momentode España (portada)
      El Momentode España (4 y 5 en blanco)

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